(I)Responsabilidad con efectos de muerte

Posted: noviembre 6th, 2012 | Author: | Filed under: Reflexión sobre la actualidad educativa y política | Tags: , , , , | No Comments »

La unidad griega del siglo quinto se fracturó por completo en el enfrentamiento de Atenas y Esparta, venciendo esta última sobre la primera. Todo quedó devastado, produciéndose una tremenda crisis económico-social y la quiebra universal de los valores. ¿Qué había sucedido con el logos helénico? En todos los órdenes la confusión se hizo abrumadora. ¿Qué hacen entonces los pensadores griegos? Creen que todo ha sido fruto y consecuencia de una gran injusticia, la de la distribución de la riqueza. Ante esto, Platón realiza una de las propuestas más radicales, que equilibra en su obra Las leyes, que un dios tiene que ordenar para que no vuelva la guerra. Pues bien, casi al final del libro primero, tratando de definir la educación, aparece la idea de que su objetivo es que uno desee “convertirse en un ciudadano perfecto, que sabe gobernar y ser gobernado con justicia”. Creo que es muy conveniente recordar estas cosas en estos tiempos de crisis, precisamente.

Para que no se apoderara de mi la hybris -otro gran concepto griego-, o la desmesura y falta de control ante hechos tan escalofriantes como los que han ocurrido los pasados días, que producen una total indignación en cualquier hombre de bien, he esperado un poco para manifestar mi opinión, confiando en una mayor calma. Ha llegado ahora el momento. De las cuatro adolescentes muertas en la terrible tragedia de la madrugada del pasado día 1, dos de ellas, Cristina Arce y Rocío Oña eran alumnas del Instituto Alameda de Osuna y cursaron segundo de bachillerato el pasado año. Ayer, día 10, se las hizo un homenaje en el patio de este Centro. Los aproximadamente 12 grupos de primero y segundo de este año, acompañados por sus profesores, guardaron 15 minutos de silencio sobrecogedor entre las 11 y las 11,15. Con un sol tibio, apenas se movían levemente algunas hojas de los chopos y piaban quedo unos pajarillos que venían, sin duda, a buscar algunas migajas de los bocadillos del ya cercano recreo. Todo el mundo sabe la energía que tienen los chicos de 17 y 18 años. Sin embargo, nadie se movió y el silencio se hizo sobrecogedor, parecían paralizados hasta las gargantas. Terminado el tiempo, no se oyó tampoco una voz más alta que otra, todos hablaban con sordina, porque eran muy conscientes de que nunca más tendrían ya con ellos a dos compañeras con las que han vivido codo con codo. Tristísima mañana para unos acontecimientos que podrían haberse evitado, sin ninguna duda.

La filosofía ha respondido siempre con serenidad a lo que pasa, pero, igualmente, se ha pronunciado con firmeza sobre los hechos. Pues bien, creo que no son verdad muchas de las cosas que se han dicho en este caso. Comprendo el dolor del padre de Belén Langdon, al expresarse como lo ha hecho, pero Dios no ha podido querer que lo sucedido sea de esta manera y haya que aceptarlo. No se trata de una cuestión de fe, sino de que existen responsables, y la última de todos ellos es la Administración, propietaria del Madrid Arenas, a quien deberíamos pedir que asuma estrictamente sus obligaciones.

No parece ser tampoco verdad lo declarado sobre el aforo, aunque serán los jueces los que tengan la última palabra. Ahora bien, ha sido sonora la falta de prudencia de los responsables del ayuntamiento de Madrid. Desde que “no existía exceso de aforo en el recinto” hasta que “la explosión de una bengala o un petardo” haya sido la causa, pasando por qué “todo estaba en regla”, o que no se vendieron más entradas de las permitidas, que no asistieron menores, que todo estaba controlado por la seguridad del edificio, etc. Que alegremente se manifiestan los alcaldes, vicealcaldes y demás técnicos. Como si nada fuera con ellos. ¿En manos de quién estamos? Además, los datos van desmintiendo uno por uno todos los argumentos empleados para echar fuera responsabilidades. Yo no he sido el canalla que ha permitido esto. Y no es verdad.

No es verdad lo del perfecto control de seguridad y el cumplimiento de la normativa establecida, y tampoco se puede salir del paso con lo de la bengala o petardo, como dicen los responsables del ayuntamiento. Más bien hay que hablar de un cúmulo de circunstancias, que desmienten precisamente la cacareada seguridad. Normalidad en las salidas no se dio, si había varias cerradas. Ni la situación de distribución en cada nivel, si sólo se podía bailar en el primero. Los servicios de emergencia eran escasos, el personal sanitario era todavía menos, así como los encargados de seguridad.

No se puede decir que la SGAE certificará la gente que hubo, cuando la empresa ni siquiera comunicó la macrofiesta a celebrar, en contra de la ley. ¿Quién tiene que controlar el incumplimiento de esta norma?

 El colmo de los males es que el recinto Madrid Arena carecía incluso de “licencia de funcionamiento”, como demuestra el Sindicato Unificado de Policía. Los técnicos del ayuntamiento detectaron fallos ya en tiempos del alcalde Ruiz Gallardón, pero no se subsanaron; por tanto, ahí permanecen. Ahora bien, da igual, porque los edificios municipales no necesitan licencia urbanística. Es decir, que constituyen un peligro, pero nuestro señor ayuntamiento nos salvará. Ya se ha visto cómo lo hace, en efecto. El ayuntamiento debe garantizar las licencias, pero no lo hace, ¿a quién acudir entonces? ¿Acaso basta con declarar un día de luto oficial y transmitir las condolencias a los familiares? ¡Qué insostenible frivolidad! ¡Qué vergüenza!

Luego están los que achacan los accidentes a la relajación de las costumbres, a la llamada a la diversión, a desinhibirse, a consumirlo todo, al descoque juvenil, al espíritu de las macrofiestas que empujan al “pecado, vicio y perversión”. Casi están en la línea medievalizante de los castigos divinos. ¡Qué cavernícolas son los que responsabilizan a todo esto de la tragedia! Que acaben las fiestas y que se pongan todos a rezar en familia. No pisemos la tierra, mantengámonos en su artificioso cielo. Todo vale para ocultar los verdaderos responsables, pero los hechos son los que son y ahí están para dejarlos en evidencia.

Y a partir de ahora ¿qué? ¿Alguien pedirá cuentas a los culpables? ¿Se depurarán las responsabilidades? ¿Se regularán las acciones criminales? ¿Nos seguiremos resignando? Contemplaremos nuevas cenizas y lloraremos a los nuevos muertos. Así cada vez habrá más noche. Y hará más frío. Ya está bien. ¿Cómo van a exigir las instituciones a los adolescentes lo que ellas mismas incumplen con tal de obtener dinero a cualquier precio? Estamos, una vez más, ante la cuestión de las riquezas y las injusticias. Una pena que no hayamos aprendido nada. Mientras tanto, continúan vendiendo entradas en Madrid Arenas para los próximos eventos, a pesar de lo dicho por la alcaldesa, que se ha ido a Portugal para relajarse en un spa de hotel de lujo, porque se trata de un viaje privado que tenía programado, según dice. Hay quien es incapaz de gestionar un ayuntamiento como el de Madrid: convendría, entonces, pensar en abandonar por el bien de los ciudadanos madrileños y por propia dignidad, así de claro.

Julián Arroyo

Ilustraciones: En el metro Alameda de Osuna, donde se juntaban los amigos, EL PAÍS; Velas de los compañeros de la Alamedade Osuna, en EL PAÍS; Entierro de Katya, EL PAÍS; Declaraciones del Vicealcalde, EL PAÍS; La alcaldesa Botella, en EL MUNDO; Concierto Madrid Arena, EL PAÍS; Ana Botella, en LA VANGUARDIA.


Responsabilidad

Posted: septiembre 1st, 2012 | Author: | Filed under: Reflexión sobre la actualidad educativa y política, Sin categoría | Tags: , , , , | No Comments »

 

El precio de la grandeza es la responsabilidad (Winston Churchill)

 

Que los seres humanos viven en sociedades es una idea de los filósofos griegos que ha llegado hasta la actualidad. En ese vivir común no encontramos solamente a los demás seres humanos, sino también a los animales, considérense amigos o enemigos, a la naturaleza entera y a la totalidad del universo, del que somos, sin ninguna duda, responsables. Tampoco podemos olvidarnos hoy del universo cibernético, que nosotros mismos hemos creado. En la película de Spielberg, Inteligencia artificial, una experta colaboradora del grupo que produce los ‘mecas’ se dirige al cibernético-jefe con esta pregunta: “Si un robot pudiera amar de verdad a una persona, ¿qué responsabilidad tendrá la persona hacia ese Meca, a cambio?”. Y recibe esta respuesta: “Es una pregunta moral, ¿verdad? La más vieja de todas. Pero al principio, ¿no creó Dios a Adán para amarlo a Él?”. Con tal respuesta hacen a David, el niño capacitado para amar.

 La responsabilidad es una virtud que compromete y obliga moralmente a los individuos a responder de sus actos, compensando los males que han podido ocasionar. El pensador Hans Jonas ha formulado así el principio de responsabilidad: “obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la tierra”. Según esto, evadir la responsabilidad destruye la vida humana, nada menos. Múltiples son las maneras de hacerlo, como bien sabemos, incluso desde nuestras propias y más personales decisiones.

Cotidianamente se nos llena la boca pidiendo responsabilidades, mientras que los supuestos responsables miran disimuladamente a otro lado y a otras personas para justificar sus actos, echándoles las culpas por la herencia recibida. Recientemente hemos oído en la Convención republicana de los Estados Unidos expresarse al aspirante a vicepresidente, Paul Ryan, de este modo: “Nosotros no perderemos cuatro años culpando a otros, asumiremos responsabilidades”. Así debería ser, ojalá que lo hagan, si gobiernan. Tendría que cundir el ejemplo para tantos políticos que “son nuestros empleados”, según acaba de decir Clint Eastwood en la citada Convención, a quienes pagamos todos los meses un sueldo, e igualmente para la totalidad de la ciudadanía de cualquier país. 

En cambio, resulta bochornoso, primero, y luego pesadísimo e intolerable estar oyendo todos los días la misma música estridente, que refleja una evidente falta de responsabilidad y de grandeza. A uno no le salen las cuentas que se había echado, o que le interesaba presentar a los ciudadanos para suplicarles su voto, y sólo acierta a decir que la culpa es de la herencia adquirida. Herencia que dejó el gobierno anterior del signo político contrario, pero ¿quién le obliga al actual a asumir esa herencia? Que no la acepte, que rechace gobernar, si no se hace responsable de lo que supone que va a venir. Las formas de excusa son variopintas: se trata de la fiscalidad que me pertenece y no me pagan, lo que estoy perdiendo en nómina respecto a mi sueldo anterior, la quiebra de una empresa a la que avalé y financié, siempre para embolsarme unos buenos millones, claro. En fin, lo que dije que haría y ahora no puedo hacer, pero es que la situación no me gusta tampoco a mí y volveré a rectificar, cuando tenga la ocasión. También crearé un banco malo para recoger beneficios en un futuro, mientras que ahora lo pagarán los impuestos de todos. ¡Qué absoluta falta de responsabilidad! ¡Qué desvergüenza! ¡Qué miserables! Y después dirán que no hace falta educar a los ciudadanos desde niños.

 Esto se da a todos los niveles, degradando así nuestra posible grandeza de seres humanos. Yo recaudo mucho más que otra Comunidad Autónoma y me revierte menos dinero en mi bolsa, dice uno, apostillando que encima quieren convencerme de que tengo que contribuir más al fondo de solidaridad. Ahora piden millones que les rescaten de su mala gestión y luego se lo gastan en lo que les da la gana, despilfarrando a más no poder, acusan otros. Yo estudié mucho y me preparé muy bien, pero luego el profesor va y ‘me’ suspende, dicen algunos. Usted tenía unas condiciones de trabajo, pero ya no es posible mantenérselas, les comunican a otros. Pero, ¿por qué?, preguntan. ¿Es que no he funcionado, cumpliendo los objetivos propuestos por la empresa? Sí, lo ha hecho usted muy bien y hasta más de lo que se consideraba necesario, pero la culpa es de la crisis económica. Hay que prescindir de muchos operarios, reduciendo puestos de trabajo, porque la institución ha descendido en el volumen de ventas. Ustedes tienen que introducir en las aulas un número mayor de alumnos, porque no podemos pagar a tanto profesorado. Los estudiantes no deberían aportar nada por traerse la comida de casa en sus carteras, pues que se las arregle el profesorado para darles atención adecuada sanitaria, económica y personalmente. Esto entra en sus horarios y presupuestos. Todo vale, menos responsabilizarse institucionalmente de las funciones que a uno le corresponden. Siempre la culpa es de los demás, nunca nuestra. ¿No será esto autoritarismo prevaricador?

Pero los mayores culpables de todo este tinglado son los casi cinco millones de parados, que ni producen rendimientos, ni contribuyen con sus impuestos de renta, ni hacen otra cosa más que quejarse de que no pueden vivir sin alimentarse, ni sin disponer de una vivienda familiar. Que se fastidian por vagos y por haberse creído que todos tienen derecho a trabajar y a disponer de una vivienda digna. Los muy ingenuos se creyeron que si se preparaban bien para su profesión podrían ejercerla con dignidad. Hay que tener paciencia, yo hago todo lo posible para que el país salga de la crisis y, además, tengo que enfrentarme en mis apariciones públicas con las protestas, reivindicaciones y griterío de tanto populacho liberado. Encima, no puedo llegar a fin de mes con la nómina que me corresponde, a mí que tanto me sacrifico diariamente por todos. ¡Qué desfachatez! ¿De qué tengo que responsabilizarme yo, que estoy tratando de arreglar los desaguisados en que nos metieron los demás? Mis actuaciones son correctísimas, aunque todo vaya considerablemente peor que antes. Responsabilidad ninguna, no faltaba más.

No se lleva responder de los propios actos, ni mucho menos de resarcir a la ciudadanía por los errores cometidos en las acciones propias. Además, los siguientes lo harían, seguramente, peor. Ya dejaron el país en la ruina, mientras que nosotros lo estamos reconstruyendo, aunque, eso sí, necesitamos tiempo y confianza para ello. El día cercano en que se fíen de nosotros los mercados todo se habrá arreglado definitivamente.

¿Por qué cuesta tanto reconocer los propios errores y ponerles remedio con alguna urgencia? ¿Por qué crear expectativas que no se van a cumplir? El horizonte del 2013 tiene prevista la salida de la crisis y el comienzo de la recuperación. A pocos meses de ello, el universo sigue demasiado negro. No brillan luces ni de corta intensidad. Va creciendo la desesperación, que, muchas veces, exaspera hasta a la institución superior del Estado. ¿Qué nos está pasando? Todo nos aleja, todavía más, de una salida digna y nos acerca a la petición de rescate a Bruselas, que nos dejará hipotecados para mucho tiempo. Y casi todo ocurre por no reconocer las responsabilidades que nos conciernen y ponerlas remedio en su momento. Por eso nos adentramos progresivamente más en el abismo de nuestra miserable pequeñez. Los norteamericanos del partido republicano se quejan de que les han quitado su país y exigen que se lo devuelvan. Y a nosotros, ¿qué nos queda, como no sea el horizonte abierto para que las próximas generaciones -nuestros hijos e hijas- tengan que dirigirse, una vez que se han formado aquí, a poner sus conocimientos y trabajo a disposición de países extranjeros? Y encima debemos estar agradecidos de que quieran acogernos. Es toda una auténtica tragedia contemporánea, sin la mínima grandeza de la tragedia clásica. Responsabilícese de este magnicidio quien corresponda. Y hágalo ya, porque la paciencia no es infinita.

Julián Arroyo

Imágenes: Universo en tus manos [fondosblackberry.com]; Eastwood en la Convención republicana de Tampa [AFP]; “Sólo es el principio”, película documental de Barougier y Pozzi; los que pagan la crisis [es.paperblog.com]; humor.lainformación.com